El día y la noche

El día y la noche

Los viernes, la maestra Lety de preescolar al dar las 10 de la mañana, sacaba una libreta grande forrada de color de rosa con el título leyendas mexicanas cortas para niños. Mis compañeros y yo sabíamos lo que eso quería decir.

Era el momento de escuchar una crónica antigua de la época prehispánica. En una ocasión la profesora nos contó acerca del origen de los símbolos del día y la noche. Obviamente me refiero a la creación de la luna y el sol solamente que vista desde la óptica mesoamericana.

El lugar donde se historia comienza es nada más y nada menos que la ciudad de Teotihuacán, ubicada aproximadamente a 50 km de distancia de la Ciudad de México.

Por otra parte, vale la pena recordar que uno de los muchos significados que los historiadores le han dado a esta demarcación es la de “Lugar donde los hombres se conviertan en dioses”, frase que lo define a las 1000 maravillas.

Resulta y sucede que un día los dioses de Teotihuacán que habitaban en el cielo, se percataron de que hacía falta una luz que iluminara a las personas que vivían en el plano terrenal.

Con el tiempo se les ocurrió elaborar una gigantesca fogata en donde alguno de los guerreros se tendría que arrojar de manera voluntaria para que así se formara lo que a la postre se llamaría simplemente “Sol”.

Para esta convocatoria, únicamente hubo dos candidatos. Ambos eran diametralmente distintos entre sí. Uno era alto, fuerte, robusto en tanto que el otro era enclenque, enfermizo y bajo de estatura.

No obstante, al momento de tener que arrojarse a las llamas y ser abrazado por ese infernal calor, el primero de los dos contendientes sintió mucho miedo y se alejó de ahí. Entonces el pequeño guerrero, sin pensarlo mucho, se arrojó y a los pocos minutos quedó transformado en un imponente sol.

Después de observar eso, el otro guerrero siguió los pasos de su compañero, pues no quería ser visto por la concurrencia como un cobarde. A pesar de eso, los dioses decidieron que ya era suficiente con un “astro rey”, por lo que apagaron la luz de éste, convirtiéndolo en la “Luna”.

La gallina de los huevos de oro

cuentos huevos de oroHabía una vez un granjero muy pobre, tan pobre que ni siquiera tenía una vaca. Pasaba el día trabajando en el campo, lamentándose de su suerte y soñando con hacerse muy rico. Uno de tantos días, escuchó sus quejas un hombrecillo que pasaba.

—Buen hombre, escuché tus penas, y estoy dispuesto a ayudarte. Toma esta maravillosa gallina; todos los días pone un huevo de oro y podrás ser tan rico como quieres —dichas tales palabras, el hombrecillo se esfumó. Sigue leyendo

El joven y el escorpión

fabulas escorpionUn joven andaba en el prado cazando saltamontes. Cuando ya había capturado un buen número de ellos, se encontró con escorpión, y quiso tomarlo también.

Dándose cuenta de esto, el escorpión, mostrándole su ponzoña le dijo:

—Si me hubieras tocado, me hubieras perdido, pero tú también a todos tus saltamontes.

Moraleja:

Cuando hagas un capital con tu trabajo, cuida de no perderlo por tratar de tomar lo que no debes.

Piel de Oso


Mientras un joven soldado atravesaba el bosque, le salió al paso un mago.

—Si guardas valentía en tu corazón, dispara contra el oso que está a tu espalda—. El joven hizo lo que le pedía; entonces la piel del oso cayó al suelo y el animal fue a refugiarse entre los árboles.

—Si llevas esa piel durante tres años seguidos —agregó el mago— te daré una bolsa que siempre estará llena de oro. ¿Qué decides?. Sigue leyendo

Historias del sol

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-¡Ahora voy a contar yo! -dijo el Viento.

-No, perdone -replicó la Lluvia-. Bastante tiempo ha pasado usted en la esquina de la calle, aullando con todas sus fuerzas.

-¿Éstas son las gracias -protestó el Viento- que me da por haber vuelto en su obsequio varios paraguas, y aún haberlos roto, cuando la gente nada quería con usted?

-Tengamos la fiesta en paz -intervino el Sol-. Contaré yo.

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El león y la zorra

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Un león, que fue en otro tiempo poderoso, imponente y rey de todo cuanto había a su alrededor, hasta más allá de la tierra que sus ojos alcanzaban a ver. Se encontraba ya viejo y achacoso, a paso lento y cansado, en vano perseguía hambriento y fiero al becerrillo y al cordero, que, trepando por la áspera montaña, huían libremente de su saña.

Afligido del hambre a par de muerte, encontró el remedio perfecto para escaparse de su suerte:

Hace correr la voz de que se hallaba muy enfermo en su palacio, que la muerte sentía su lado y deseaba ser de los animales visitado. Acudieron algunos al llamado, al ver como su rey en cama estaba tirado, pero el grave mal que le postraba era un hambre voraz, tan sólo esperaba la visita para poderlos devorar. Uno a uno, los animales fueron cayendo en sus garras afiladas, saciando el hambre que traía atrasada. No tenía mas necesidad de cazar, pues la comida le llegaba directo a su hogar. Sigue leyendo

Arena y piedra

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Por el ardiente desierto del Sahara, llevando una pesada carga sobre los hombros, iban caminando dos amigos, Farouk y Ramsés. Habían perdido a sus camellos varios días antes y estaban agotados por la enorme distancia que habían recorrido a pie. Llevaban casi una semana sin probar alimento y el agua se les terminaba bajo el inclemente rayo del sol. Las piernas les dolían de tanto caminar y tenían quemada la piel del rostro y los brazos.

Aunque entre los dos habían elegido esa ruta, Farouk le reclamó a Ramsés haber escogido un camino largo y desconocido. Su furia iba en aumento: gritaba, manoteaba, le dijo un insulto y otro. Incluso llegó a darle una bofetada. Ramsés se quedó callado y la nariz le sangró un poco, pero no respondió a la agresión. Con mirada profunda de tristeza se sentó y escribió sobre la arena con su dedo índice: “Hoy mi mejor amigo me pegó en la cara”. A Farouk le sorprendió este hecho, pero no le preguntó nada.

Siguieron adelante y llegaron a un oasis donde resolvieron bajarse. Ramsés comenzó a ahogarse, siendo salvado por el amigo. Al recuperarse tomo un estilete y escribió en una piedra: “Hoy mi mejor amigo me salvó la vida”. Intrigado el amigo preguntó:

-¿Por qué después que te lastimé, escribiste en la arena y ahora escribes en una piedra?-

Sonriendo, el otro amigo respondió:

-Cuando un gran amigo nos ofende, deberemos escribir donde el viento del olvido y el perdón se encargaran de borrarlo y apagarlo, por otro lado cuando nos pase algo grandioso, deberemos grabarlo en la piedra de la memoria del corazón donde ningún viento en todo el mundo podrá borrarlo-.

Leyenda árabe.

Cinco en una vaina


Cinco guisantes estaban encerrados en una vaina, y como ellos eran verdes y la vaina era verde también, creían que el mundo entero era verde. Creció la vaina y crecieron los guisantes. Fueron transcurriendo las semanas; los guisantes se volvieron amarillos, y la vaina, también. Así creyeron que el mundo se había vuelto amarillo.

Un día la vaina fue arrancada por un chiquillo, y metiendo uno a uno en su cerbatana, envió el primero a volar por el mundo. El segundo se fue directo al Sol. Los dos siguientes fueron lanzados lejos y el último fue a dar bajo la ventana de la casa de una pobre mujer dedicada a limpiar estufas, y otros trabajos pesados. En esa habitación estaba su única hija, que llevaba un año en cama, luchando entre la vida y la muerte. Sigue leyendo

El Ciervo Engreído

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Hubo una vez, hace mucho tiempo… un ciervo muy engreído.

Caminaba tranquilamente por el bosque, y se detuvo para beber en un arroyo, al ver su reflejo en el agua: -¡Qué hermoso soy!- se decía -¡No hay nadie en el bosque con unos cuernos tan bellos!-, agregaba para satisfacer su vanidad.

Como todos los ciervos, tenía las piernas largas y ligeras, pero adoraba tanto la majestuosidad de su cornamenta, que solía decir que preferiría romperse una pierna antes de privarse de un solo vástago de su magnífica cornamenta. Pero el pobre ciervo, no podría estar más equivocado. Sigue leyendo

El castillo de los olores

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En una casa en el bosque vivía una familia con tres hijos. Dos varones y una niña, que era la mayor, además egoísta y caprichosa, tan sólo pensaba en sí misma. Un día la atacó una enfermedad que los doctores no pudieron curar.

Un día un viejo leñador les dijo que el egoísmo había enfermado a la niña. Y el remedio se encontraba en el castillo de los olores. Pues ahí se guardaban los aromas más bellos del mundo, y cada uno representaba a una cualidad humana: la bondad, el amor, la generosidad y la humildad. Debían traerlos en cuatro tarros de cristal. Sigue leyendo