Cinco en una vaina


Cinco guisantes estaban encerrados en una vaina, y como ellos eran verdes y la vaina era verde también, creían que el mundo entero era verde. Creció la vaina y crecieron los guisantes. Fueron transcurriendo las semanas; los guisantes se volvieron amarillos, y la vaina, también. Así creyeron que el mundo se había vuelto amarillo.

Un día la vaina fue arrancada por un chiquillo, y metiendo uno a uno en su cerbatana, envió el primero a volar por el mundo. El segundo se fue directo al Sol. Los dos siguientes fueron lanzados lejos y el último fue a dar bajo la ventana de la casa de una pobre mujer dedicada a limpiar estufas, y otros trabajos pesados. En esa habitación estaba su única hija, que llevaba un año en cama, luchando entre la vida y la muerte.

Llegó la primavera, y el guisante era ya una planta, que con sus hojitas verdes ofrecía un jardincito en que recrear los ojos. Acercó la madre, la camita de la enferma a la ventana, para que la niña pudiese contemplar la tierna planta.

La pequeña al ver la planta crecer, sintió mejoría en sí misma. La madre cuidaba intensamente la planta con la esperanza y la creencia de que su niña enferma se repondría. Y así fue, últimos tiempos la pequeña había hablado con mayor animación; se había sentado sola en la cama, y, se había pasado horas contemplando con ojos radiantes el jardincito formado por una única planta de guisante.

La semana siguiente la enferma se levantó por primera vez una hora, y se estuvo, feliz, sentada al sol. La madre sonreía a la flor que dio el guisante, como si fuese un ángel bueno, enviado por Dios.

De los otros guisantes, aquel que salió volando al mundo, cayó en el canalón del tejado y fue a parar al buche de una paloma. Los dos perezosos tuvieron la misma suerte. El que pretendía volar hasta el Sol, fue a caer al vertedero, y allí estuvo días y semanas en el agua sucia, donde se hinchó horriblemente.

Mientras tanto, allá, en la ventana la muchachita, con los ojos radiantes y el brillo de la salud en las mejillas, juntaba sus hermosas manos sobre la flor del guisante y daba gracias a Dios.

-El mejor guisante es el mío- seguía diciendo el vertedero.

Hans Christian Andersen


Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *