El rey rana

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Hubo una vez una princesa cuya pelota favorita fue a parar dentro del agua. La niña se echó a llorar desconsolada y apareció frente a ella una rana que se ofreció a devolverle el juguete a cambio de que la quisiera, la aceptara por amiga y compañera de juegos; y compartiera con ella todas sus comodidades.

La chica prometió todo esto, sin intención de cumplir y al tener la pelota en manos emprendió tal carrera que la rana tubo que gritar con todas sus fuerzas para que la esperara. La niña, ignoró sus gritos, seguía corriendo hacia el palacio.

Al día siguiente, mientras la princesa comía, la rana llamó a la puerta, la princesita asustada respondió con un portazo, ante lo cual la pequeña tuvo que responder las interrogantes del Rey, contándole sobre la promesa hecha a la rana. Dijo entonces el Rey: -Lo que prometiste debes cumplirlo-. Fue así que la pequeña dejó entrar a la rana, compartieron la comida, cuando la rana dijo que dormirían juntas la pequeña se echó a llorar; le repugnaba aquel bicho frío, que ni siquiera se atrevía a tocar. Pero el Rey, enojado, le dijo: -No debes despreciar a quien te ayudó cuando te encontrabas necesita-. Con mucha repugnancia la llevó hasta su habitación, por no dejarla dormir en su cama, la arrojó contra la pared.

Pero en cuanto la rana cayó al suelo, se convirtió en un apuesto príncipe de bellos ojos y dulce mirada. Le contó al Rey que una bruja malvada lo había encantado, y que solo la princesita podía desencantarlo, lo aceptó entonces como esposo de su hija. A la mañana siguiente, llegó una carroza. Detrás iba, un leal servidor, que había sentido tal pena al ver a su señor transformado en rana, que se mandó colocar tres aros de hierro en tomo al corazón para evitar que le estallase de dolor y de tristeza.

Cuando ya habían recorrido una parte del camino, oyó el príncipe tres chasquidos a su espalda, creyendo que la carroza se rompía; pero no eran sino los aros que saltaban del corazón del fiel servidor al ver a su amo redimido y feliz.

Los Hermanos Grimm

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