Una hoja del cielo

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A gran altura, en el aire, volaba un ángel que llevaba en la mano una flor del jardín del Paraíso, y al darle un beso, de sus labios cayó una minúscula hojita, que, al tocar el suelo, en medio del bosque, dio nacimiento a una nueva planta, entre las muchas que crecían en el lugar. Ninguna quería reconocerla, y se burlaban de ella

Vino entonces el profesor de Botánica. Examinó la planta, la probó, pero no figuraba en su manual; no logró clasificarla. Se burlaron de ella nuevamente las plantas vecinas.

Se acercó entonces una muchachita, se detuvo delante de la maravillosa planta, sus hojas verdes exhalaban un aroma suave y refrescante, torció una rama para poder examinar mejor las flores y aspirar su aroma. Le habría gustado cortar una flor, pero no se decidía a hacerlo, pues se habría marchitado muy pronto; así, se limitó a llevarse una de las verdes hojas que, una vez en casa, guardó en su Biblia, donde se conservó fresca, sin marchitarse nunca.

Vino después el porquerizo a recoger ramas para quemarlos y obtener ceniza. El árbol maravilloso fue arrancado de raíz y echado al montón con el resto.

Fue entonces que el Rey del país estaba muy enfermo. Y para su cura, le llegó un mensaje del hombre más sabio del mundo, al cual se habían dirigido. Su respuesta fue que existía un remedio para curar y fortalecer al enfermo. Se trataba de una planta de origen celeste que crecía en los bosques del Monarca, se mostraba también un dibujo de la planta, muy fácil de identificar.

La cosa estaba bien clara, y todos los doctores, y con ellos el profesor de Botánica, se dirigieron al bosque. Pero la planta no estaba, el porquero dijo que la había convertido en ceniza. No hubo modo de dar con una sola hoja; la única existente la tenía la niña en su Biblia, pero nadie lo sabía.

El Rey proclamó sagrado el lugar donde creció la planta, para que nadie olvidara que por ignorancia, habían acabado con un verdadero tesoro.


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